Rechazo: el Arcoíris que no fue

Columna publicada en Ciper Chile

Gran parte de la discusión sobre el plebiscito del 25 de octubre se ha realizado en torno a la viabilidad de ese evento en medio de una pandemia. Sin duda, esta debe ser una de las principales preocupaciones de quienes tienen a su cargo la administración electoral. Sin embargo, ya sea por la lejanía en el tiempo o por la falta de información, se ha hecho poco análisis de cómo se han ido ordenando las preferencias electorales alrededor de este plebiscito de entrada.

En este artículo pretendo levantar dos ideas principales: la primera es que el plebiscito, a diferencia de mis propias expectativas iniciales, no estaría relacionado con una mayor polarización política. Lo segundo es que, a pesar de lo planteado por algunos (cfr. Navia 2020), la opción de rechazar una nueva Constitución no se asemeja a un arcoíris de personas diversas, sino todo lo contrario.

Gracias a la evidencia proporcionada por la última encuesta Plaza Pública de Cadem, podemos hacer un análisis preliminar de cómo se construye el apoyo de cada una de las opciones. Para partir, es importante mencionar que la encuesta de la semana pasada otorga un 71% de las preferencias a la opción Apruebo (un aumento de 6 puntos desde la última medición en abril) y una reducción al 20% de la opción Rechazo. Este es el resultado más extremo mostrado por Cadem, pero está en línea con lo observado en otras encuestas.

Antes de partir, es importante hacer algunas salvedades. La primera es que aún falta mucho para la elección. Si bien hemos visto que las preferencias mostradas en las encuestas siguen un patrón bastante estable en favor del Apruebo, la verdad es que la literatura especializada (Jennings and Wlezien 2016) es bastante clara sobre la falta de precisión de las encuestas cuando son tan lejanas a la fecha de la votación. Eso no quiere decir que la carrera pueda cambiar de forma drástica en los próximos meses (es más, lo dudo), pero sí que las proporciones presentadas aquí y en otros sondeos pueden diferir de manera más o menos importante con los resultados de octubre. Sin ir más lejos, las características en las cuales se va a desarrollar el plebiscito (en medio de una pandemia, con parte de la población manteniéndose en sus casas) puede afectar de forma notoria (y no aleatoria) la probabilidad de ir a votar de ciertos segmentos de la población.

La segunda salvedad es que este ejercicio no es un intento de predecir la elección de octubre, sino que simplemente, usando los datos disponibles hasta el momento, estudiar cómo se componen las preferencias ante el plebiscito. Quizás esta advertencia sea un poco ingenua, pero es importante aclarar que las preferencias electorales se modifican en el tiempo y que shocks electorales tienen efectos sobre ellas (Fieldhouse et al. 2019).

LOS PLEBISCITOS COMO FUENTE DE POLARIZACIÓN

La polarización política en Chile viene aumentando hace un buen tiempo. La evidencia ha mostrado un progresivo vaciamiento del centro político, tanto a nivel de electorado (Fábrega, González, and Lindh 2018; Lindh, Fábrega, and González 2019) como de élites (Fabrega, Sajuria, and Drobny 2020). En estricto rigor, esto debiera limitar las opciones del plebiscito de aumentar la polarización, ya que la línea base es una bastante alta.

Sin embargo, al revisar la experiencia de plebiscitos en otras partes del mundo, podemos ver que efectivamente estas instancias de democracia directa pueden tener un efecto polarizador en la población. Por ejemplo, en un análisis sobre la composición del electorado del Brexit, Hobolt, Leeper, and Tilley (2020) plantean que el referéndum de 2016 generó un nivel de polarización afectiva, que escapa a las identificaciones partidarias y se relaciona con una serie de patrones identitarios (raza, edad, ubicación geográfica, ideología, entre otros).

Asimismo, Rontos et al. (2016) muestran que en Grecia, luego del referéndum de 2015 para aceptar o rechazar las condiciones de los créditos ofrecidos por el Banco Central Europeo, el FMI y la Comisión Europea, se acentuó la polarización basada en patrones geográficos y de clase. Similares resultados se han visto en Francia (Lemennicier 2005), Noruega (Saglie 2000) y Colombia (Laengle, Loyola, and Tobón-Orozco 2020). En resumen, los plebiscitos binarios tienen una tendencia natural a polarizar a la población.

Sin embargo, analizando la evidencia, pareciera que el caso chileno es distinto. Por ejemplo, tomemos algunos de los predictores típicos de la literatura y comparémoslo con los datos chilenos. El primer sospechoso es la posición política. Se ha planteado que este plebiscito puede ser una cristalización de la polarización entre izquierda o derecha existente en el país. Sin ir más lejos, el flamante ministro Bellolio anunció hace poco que cambiaba su voto desde el Apruebo al Rechazo, lo que fue leído por algunos como una consolidación de que la derecha votaba por el Rechazo. Otros, como el diputado de Evópoli Francisco Undurraga han planteado argumentos similares.

Fig. 1: Opción de voto por posición política

Como podemos observar en la Figura 1, esta distinción entre izquierda y derecha tiene poco asidero. En la opción Rechazo, la principal identificación política es con la derecha. Le sigue un grupo de independientes o que no se identifican con una posición. Los votantes de centro y de izquierda que dicen apoyar el Rechazo representan un porcentaje insignificante, sobre todo considerando el tamaño de la muestra. La opción Apruebo, en cambio, tiene un apoyo mucho más distribuido en términos políticos. De hecho, más del 40% de quienes se identifican con la derecha plantean que van a votar por el Apruebo. En términos políticos, el apoyo a una nueva Constitución reúne a personas de todos los sectores políticos del país, rompiendo con la tendencia a la polarización en esta dimensión.

Otra dimensión que suele estar asociada a preferencias en plebiscitos es la clase social. Cómo muestra la evidencia del Brexit o del plebiscito en Grecia el 2015, no es poco común que haya un clivaje entre clases trabajadoras y élites. Incluso, no es poco común que parte del discurso a favor o en contra de algunas de las opciones del plebiscito tengan un componente de discurso antielitista.

Fig. 2: Opción de voto por Grupo Socioeconómico (GSE)

Al mirar las preferencias de voto dentro de cada grupo socioeconómico (Figura 2), la distinción entre pueblo-élite es menos clara. La opción Apruebo es la mayoritaria en todos los segmentos, pero hay diferencias entre cómo se distribuyen internamente. Si bien la diferencia entre el grupo C1 (clase media alta) y los C2C3 (Clase media) es estadísticamente significativa, no así en la diferencia entre el C1 y el D/E.

Quizás donde sí hay cierta diferencia más importante es en términos de edad, donde votantes de mayor edad tienen una probabilidad más alta de preferir (Figura 3). Sin embargo, si miramos el gráfico con detalle, podemos revisar que sólo al final del rango de edad se la probabilidad se ubica por sobre el 0.5, y no es estadísticamente significativo a ese nivel. Si bien la preferencia a favor del Rechazo aumenta con la edad, pareciera no ser una opción determinante.

Fig. 3: Opción de voto por Edad

¿DÓNDE ESTÁ EL ARCOÍRIS?

Para ser justos con la tesis de Patricio Navia, su argumento no se trata de una diversidad demográfica o ideológica, sino que una diversidad en términos de los argumentos. Así, Navia se hace cargo de las críticas sobre la legitimidad de origen de la constitución, sobre la incertidumbre económica y política del proceso o sobre la necesidad de un proceso constituyente en contraposición a canalizar la discusión por la vía legislativa, entre otras. Sin embargo, la idea del arcoíris es, en el imaginario político chileno, una de diversidad ideológica y social y no sólo de argumentos para preferir una opción u otra.

Las distintas características mencionadas anteriormente están analizadas de forma individual, pero eso no permite saber cómo éstas se relacionan entre ellas a la hora de predecir (o correlacionar) con las preferencias electorales. Para ello estimé un modelo de regresión logística tratando de mirar cuáles son los factores que predicen la opción por el Rechazo.

Tabla 1: Modelo de regresión logística para predecir la preferencia por el Rechazo

El modelo plantea algo similar a lo que se mostraba más arriba. Las variables que predicen el voto Rechazo son la edad, la posición política y el nivel socioeconómico. Los coeficientes en negativo indican que esos factores disminuyen significativamente la probabilidad de preferir el Rechazo. En resumen, quienes se inclinan por esta opción son, en promedio, hombres y mujeres de clase más bien acomodada (con un componente D/E igualmente relevante), más viejos y de derecha. Si siguiéramos la analogía del arcoíris, este grupo se parece a uno en escala de grises.

CONCLUSIÓN

La poca evidencia disponible muestra que el apoyo al Apruebo es amplio (sobre 70%) y diverso. La composición de ese electorado atraviesa posturas políticas, grupos etarios y socioeconómicos y no tiene diferencias entre hombres y mujeres. Es un verdadero arcoíris y, por ahora, desafía la tendencia creciente a la polarización política. Sin embargo, es importante tomar en cuenta que esa misma característica puede confinar a los votantes del Rechazo a una esquina del electorado, excluyéndolos de forma simbólica y substantiva del proceso constituyente.

El proceso que, seguramente, se inicia el 25 de octubre requiere recomponer confianzas colectivas en la institucionalidad y la política. Ya nos advertía Claudio Fuentes sobre la desconfianza radical sobre la que se construye este proceso. Para poder resolver este dilema, es importante que el proceso constituyente no sea sólo una discusión de élites de espaldas a quienes los votaron, sino que se construyan mecanismos (formales o informales) de participación política.

Pero lo que tampoco podemos olvidar es que el proceso no puede excluir a quienes no quieren que ese proceso exista. Esto puede sonar paradójico, pero la legitimidad del proceso descansa en su capacidad de convocar a quienes no están a favor del mismo. Siempre habrá quienes preferirán marginarse, amén de las iniciativas para permitir su inclusión. Pero un proceso legítimo requiere, al menos, hacer un esfuerzo sincero por convocarlos y hacerlos partícipes. Un triunfo apabullante del Apruebo no asegura el éxito del proceso constituyente, sólo lo posibilita.

NOTAS Y REFERENCIAS

Fabrega, Jorge, Javier Sajuria, and Sammy Drobny. 2020. “We Did Not See It Coming: The Unintended Polarization Induced by an Institutional Reform. The Case of the Chilean Constitutional Tribunal.” SocArXiv.

Fábrega, Jorge, Jorge González, and Jaime Lindh. 2018. “Polarization and Electoral Incentives: The End of the Chilean Consensus Democracy, 1990–2014.” Latin American Politics and Society 60 (4): 49–68.

Fieldhouse, Edward, Jane Green, Geoffrey Evans, Jonathan Mellon, Christopher Prosser, Hermann Schmitt, and Cees Van der Eijk. 2019. Electoral Shocks: The Volatile Voter in a Turbulent World. Oxford University Press.

Hobolt, Sara, Thomas J Leeper, and James Tilley. 2020. “Divided by the Vote: Affective Polarization in the Wake of the Brexit Referendum.” British Journal of Political Science.

Jennings, Will, and Christopher Wlezien. 2016. “The Timeline of Elections: A Comparative Perspective.” American Journal of Political Science 60 (1): 219–33.

Laengle, Sigifredo, Gino Loyola, and David Tobón-Orozco. 2020. “Bargaining Under Polarization: The Case of the Colombian Armed Conflict.” Journal of Peace Research, 0022343319892675.

Lemennicier, Bertrand. 2005. “Political Polarization and the French Rejection of the European Constitution.” European Journal of Political Economy 21 (4): 1077–84.

Lindh, Jaime, Jorge Fábrega, and Jorge González. 2019. “La Fragilidad de Los Consensos. Polarización Ideológica En El Chile Post Pinochet.” Revista de Ciencia Polıtica (Santiago) 39 (1): 99–127.

Navia, Patricio. 2020. El Acroíris Del Rechazo. Santiago, Chile: El Líbero.

Rontos, Kostas, Efstathios Grigoriadis, Adele Sateriano, Maria Syrmali, Ioannis Vavouras, and Luca Salvati. 2016. “Lost in Protest, Found in Segregation: Divided Cities in the Light of the 2015 ‘O’ Referendum in Greece.” City, Culture and Society 7 (3): 139–48.

Saglie, Jo. 2000. “Values, Perceptions and European Integration: The Case of the Norwegian 1994 Referendum.” European Union Politics 1 (2): 227–49.

La incertidumbre de la Convención Mixta Constitucional

Columna publicada en Ciper Chile

Las encuestas de opinión parecen inclinarse a una mayoría (quizás menor a la esperada) a favor de una nueva constitución. Por eso mismo se vuelve clave conversar sobre el mecanismo que se utilizará para su confección. La Convención Constitucional (CC) y la Convención Mixta Constitucional (CMC) son las opciones que estarán en la papeleta en abril, y si bien hemos discutido bastante sobre la CC en el marco de qué es una Asamblea Constituyente, le hemos prestado poca atención a la alternativa.

Para algunos, principalmente en la derecha, la CMC es la opción preferida, pues al estar compuesta por una mitad de parlamentarios actualmente en ejercicio, reduciría el riesgo y la incertidumbre sobre su resultado. Es decir, ven a la CMC como la opción más conservadora. Creo que esa es una conclusión errada y que la CMC es, a todas luces, la opción más riesgosa en el actual contexto.

Primero, partamos por lo obvio, la Convención Mixta no es paritaria. Es cierto que el nombre se presta a confusiones, pero el carácter de mixta tiene que ver con que la mitad de sus miembros (86) serán parlamentarios nominados por ellos mismos, mientras la otra mitad será electa por la ciudadanía. Hasta ahora, todos los debates de paridad se han centrado en que el resultado de la elección la asegure, pero nada sobre cómo el Congreso va a elegir a los miembros de una eventual CMC. Para que hubiera verdadera paridad en la Mixta, tendrían que irse 43 de las actuales 45 parlamentarias, dejando al Congreso en un completo vacío en términos de representación de género. Es probable que eso no ocurra y, por tanto, la CMC no será paritaria. Cuando más del 90% de la población declara que la paridad es importante, la conclusión es que esta alternativa no satisface esa preferencia.

Segundo, la Convención Mixta paralizará al Congreso. Para que la CMC funcione, requiere 86 parlamentarios en ejercicio, lo que implica que el 43% de los parlamentarios estarán suspendidos de sus funciones. Eso puede tener consecuencias en la tramitación de proyectos, la representación territorial, la fiscalización que se hace al Ejecutivo, nombramientos, entre tantas otras tareas clave que realiza el Congreso. Además, si hay temores de que la Convención se tome atribuciones que no tiene, la Mixta le va a entregar muchísimo más poder al enfrentarse a un Congreso debilitado y semi vacío. Eso es, por lejos, una de sus consecuencias más riesgosas.

Tercero, la Mixta no establece inhabilidades para los parlamentarios. Si bien la norma constitucional establece que quienes integren la CC no podrán ser candidatos mientras sean parte de la convención ni hasta un año después, esa inhabilidad no existe en la Mixta. Es decir, un parlamentario en ejercicio va a poder, al mismo tiempo, participar de la Convención y usarlo para una eventual campaña a la reelección en su distrito para ese año. Aún más, los parlamentarios que vayan a la Mixta seguirán recibiendo su sueldo y asignaciones como si hicieran su trabajo normal, generando una clara desigualdad con los miembros que serán electos en las urnas. La CMC perpetuaría, entonces, desigualdades de poder y de recursos, además de prestarse para su utilización electoral.

Finalmente, la Mixta repone el binominal. El sistema electoral diseñado por la Comisión Técnica establece que habrá 8 distritos de los 28 existentes donde se elegirán 2 personas para la CMC, usando el mismo mecanismo que se usó para el binominal. El resultado de este proceso es una limitación clara a la participación de independientes y va a entregarle, nuevamente, más poder a los partidos políticos y las coaliciones históricas. En momentos en que la representatividad del sistema político está cuestionada, la CMC limita las opciones a que entren nuevos actores (incluso de los mismos partidos) al proceso de construcción de una constitución.

Uno de los principales problemas del plebiscito de entrada, como advertía hace unos meses, es cuando las consecuencias de un resultado no están expresamente previstas. Ese fue el principal drama del Brexit, en el que nadie sabía qué ocurriría si ganaba la opción de salirse de la Unión Europea y es, guardando las proporciones, lo que puede ocurrir si es que gana la Convención Mixta. Es el resultado para el que nadie está preparado y sobre el cuál hemos conversado menos. Es más, el riesgo que impone un sistema que va en contra de las expectativas ciudadanas en temas clave como la paridad y la participación de independientes puede llevar al fracaso de todo el proceso.

Nuestro sistema político ha entregado una sola solución a la crisis social: la vía constituyente. Si ese proceso no es capaz de canalizar el descontento, entonces el riesgo y la incertidumbre de los próximos años se puede extender de forma indefinida. En el fondo, el proceso es tanto o más importante que el resultado.

Reino Unido: las lecciones del histórico triunfo conservador

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La elección parlamentaria que celebró el Reino Unido este jueves 12 de diciembre fue la tercera en cuatro años y la cuarta elección al hilo en que el partido conservador gana una mayoría. Esta ha sido la tónica de la política británica en el último siglo, en el que los conservadores son más exitosos que la alternativa laborista. Sin embargo, la victoria de esta semana es histórica, no solo porque Boris Johnson logró una mayoría similar a los mejores momentos de Margaret Thatcher, sino también porque el laborismo se encuentra en su peor momento desde antes de la Segunda Guerra Mundial.

En esta columna discutiré la primera evidencia disponible sobre el resultado de los principales partidos, además de presentar una reflexión sobre cómo esta elección nos puede dar lecciones para nuestra propia política en Chile.

CORBYN EL INELEGIBLE

Quizás uno de los hechos menos controversiales a pocas horas de la elección es que ésta fue principalmente una derrota catastrófica del proyecto de Jeremy Corbyn, más que una victoria de Boris Johnson y los conservadores. Para eso es importante revisar algunos datos. El primero corresponde al cambio en la votación popular, donde el laborismo cayó 8 puntos, mientras que los conservadores solo aumentaron 1,2 puntos.

Es más, si bien una buena parte de los votos tradicionalmente laboristas terminaron en manos de los conservadores, otra parte se la llevaron los Liberales Demócratas, el Partido Nacionalista Escocés y el Partido Brexit. Debido al sistema mayoritario británico, donde se elige solo un parlamentario por distrito, eso significó que los conservadores y los nacionalistas en Escocia capitalizaron el desangre laborista.

Una encuesta hecha por la empresa Opinium Research a pocas horas de la elección le preguntó a una serie de personas que no habían votado por el laborismo cuál era la principal razón para elegir otro partido. Mientras solo un 12% mencionó el programa de gobierno y las medidas económicas, y un 17% dijo que había sido por la posición del partido sobre Brexit, un contundente 43% planteó que había sido por el liderazgo de Corbyn. Si bien esto no es sorprendente, dado que Corbyn era el líder de la oposición con la peor evaluación en décadas, nadie esperaba que la debacle fuera tan contundente.

Para entender esta reacción al líder laborista es importante considerar componentes históricos. Corbyn no solo es el parlamentario más díscolo que ha pasado por la Cámara de los Comunes, sino que además ha sostenido consistentemente posiciones que están en las antípodas de los electores de zonas obreras. Por ejemplo, Corbyn tuvo una postura considerada como demasiado suave –o incluso de apoyo– al IRA durante los problemas con Irlanda del Norte. Para zonas como Manchester o Warrington, que fueron bombardeados por los nacionalistas irlandeses, la idea de un líder que en su momento invitó a los líderes del IRA al Parlamento como primer ministro, era más de lo que estaban dispuestos a soportar.

Si a eso le sumamos la cercanía de Corbyn con representantes de otros grupos cuestionables, como Hamas, construyeron la imagen perfecta de un líder poco patriótico y demasiado obsesionado con la política exterior. Eso sí, el líder del laborismo no siempre estuvo en el lado equivocado en estos temas, al contrario. Fue uno de los primeros en movilizar apoyo a los chilenos exiliados en la dictadura y fue un opositor férreo a la guerra de Irak. El problema es que sus errores pesan más que sus aciertos.

Pero no todo el rechazo a Corbyn tiene que ver con el pasado. Su llegada al poder dentro del laborismo fue de la mano de un grupo nuevo de militantes que ingresaron al partido después de la elección del 2015. Entre ellos estaba el grupo de presión llamado Momentum, además de una serie de figuras más conocidas en la izquierda como Corbynistas. Este grupo no solo desplazó a los otros sectores del laborismo, sino que aplicó una estrategia de culto al líder y tribalismo que terminó por romper las relaciones con las bases tradicionales del partido.

Corbyn y sus aliados nunca pusieron las elecciones nacionales en la primera prioridad. Para ellos era más importante controlar el partido que ganar elecciones. Un reflejo claro de eso es lo que ocurre hoy, en que el líder laborista no ha renunciado y sabe que nadie puede obligarlo: tiene control absoluto de la mayoría de los militantes.

Pero el golpe de gracia se lo dio él mismo al tomar posturas ambivalentes en dos temas clave: las acusaciones de antisemitismo en su partido y Brexit. Lo primero se refiere a una serie de ataques que recibieron parlamentarios y activistas judíos del partido laborista por parte de sectores del corbynismo. El problema es uno clásico en la izquierda: la incapacidad de separar la crítica política al Estado de Israel y su política de ocupaciones ilegales en la Palestina del antisemitismo. Si bien el laborismo ha sido históricamente una casa abierta a las comunidades judías más liberales, estos mismos sectores se vieron fuertemente violentados por la lenta respuesta de Corbyn al problema.

Sobre Brexit, la historia es conocida. Corbyn ha sido un histórico euroescéptico y, a pesar de declarar públicamente su apoyo a quedarse en la UE en 2016, nunca logró mostrar liderazgo. Su última postura de ofrecer un nuevo referéndum se interpretó como una continuación de la incertidumbre. Si a eso le sumamos que el mismo Corbyn declaró que él sería neutral en caso de un referéndum, tenemos la receta perfecta.

Ahora el laborismo debe reconstruirse y buscar una nueva coalición amplia que sea capaz de mantener unidas las políticas públicas propuestas por Corbyn (que son ampliamente populares) con las urgencias de los sectores tradicionalmente asociados al laborismo.

BORIS JOHNSON Y EL NUEVO PARTIDO CONSERVADOR

Johnson tiene todas las razones para estar feliz. No solo logró ganar un mandato claro para llevar adelante sus planes de Brexit, sino que además sacó una mayoría de asientos en el Parlamento que le permiten pasar toda la legislación que quiera sin mayores problemas.

Esto significa que el Reino Unido finalmente, y después de tres años y medio, saldrá de la Unión Europea en los términos del acuerdo firmado hace unos meses entre Johnson y los negociadores de la UE.

Pero Brexit es un proceso en dos etapas. La primera es establecer los términos de la salida, que es lo que ocurrirá a fines de enero. La siguiente etapa es negociar los términos de la relación futura entre ambas partes, una decisión clave pues puede definir qué tan cercanos son en términos comerciales y políticos.

Este proceso se espera tan tortuoso como el primero, pero al menos Johnson tendrá mucha más maniobra, ya que los sectores euroescépticos más duros tienen menos poder que antes. Así, varios analistas han planteado que veremos un Brexit mucho más suave de lo esperado. No hay que olvidar que Johnson nunca ha sido un euroescéptico duro y que sus posturas siempre han sido más cercanas a la idea de una salida más suave.

Los conservadores además derribaron el llamado “muro rojo”, una serie de distritos en el norte de Inglaterra que votaban consistentemente por el laborismo. Entre ellos hay pueblos mineros, con empresas de manufactura y zonas tradicionalmente de clase trabajadora. Es decir, los conservadores ahora representan a sectores de la población que nunca han tenido que representar: aquellos que más quieren un Estado fuerte y que dependen de mayor manera del Estado de Bienestar. Esto es un escenario completamente nuevo y el mismo Johnson lo advirtió en sus primeros discursos después de la elección.

El mismo partido que lideró una política de nueve años de austeridad cruel, que afectó a las mujeres y a los más pobres y que tiene unos de los peores récords de pobreza de los últimos años, tendrá ahora que gobernar para el mismo sector de la población al que ignoró y perjudicó por años. Eso se refleja en las promesas de Johnson de aumentar el gasto público en salud, educación y seguridad. Quizás, de forma paradójica, la austeridad empieza y termina en la derecha.

El otro desafío que tiene Johnson es sanar las heridas en su partido. Durante su mandato anterior tensionó a su partido al borde del quiebre y sufrió la renuncia de muchos de los sectores más moderados. Ahora tiene por delante la necesidad de atraerlos de vuelta para poder hablarles a esos mismos votantes que abandonaron a la izquierda.

LECCIONES

Ya hay algunos que comparan lo ocurrido en el Reino Unido con el desarrollo de otras propuestas de izquierda en el mundo, como la candidatura de Bernie Sanders en los EE.UU. o incluso el futuro de la centroizquierda en Chile. Las similitudes existen, principalmente en términos de política pública. Pero esas comparaciones son apresuradas y desconocen que el principal factor del fracaso laborista no fueron sus propuestas, sino que la cara que las presentaba.

Una de las fallas del laborismo fue la de dejar de lado esa coalición amplia de la centroizquierda entre los sectores moderados, las clases trabajadores más conservadoras en términos valóricos, los votantes urbanos más preocupados de temas posmaterialistas y un creciente electorado joven que busca igualdad racial, de género y para los sectores LGBT+.

La clave es cómo construir una convivencia en vez de una competencia entre todos estos intereses que, en el fondo, están buscando resistir a las opresiones del sistema económico y político. El laborismo abandonó a una buena parte de sus votantes por perseguir causas nobles, pero lo hizo enfocándose en las diferencias y no en las equivalencias entre cada una de estas luchas.

Tribunal Constitucional: ¿es la tercera cámara?

Escrito en conjunto con Jorge Fábrega y Sammy Drobny. Publicado en CIPER Chile el 18 de agosto de 2017

¿Es un tribunal político o jurídico? La misma polémica se repite tras cada proceso legislativo que culmina en el Tribunal Constitucional. Esta vez el foco de atención es la discusión sobre la ley de interrupción del embarazo en tres causales. Sin datos se torna imposible dirimir esa controversia. Como se trata de una pregunta relevante, desde hace algún tiempo hemos estado analizando las votaciones de los ministros del Tribunal Constitucional desde su creación hasta la actualidad.

La pregunta es interesante porque hay buenas razones para pensar que el Tribunal Constitucional chileno es una pieza necesaria del entramado institucional, y también hay buenas razones para sugerir que cumple roles legislativos que no deberían ser de su competencia.

Primero, sobre su funcionalidad, cabe señalar que los mecanismos de control que revisan la constitucionalidad de las leyes aprobadas por el parlamento -que por su forma de elección debiera representar la voluntad de la mayoría-, no son privativos de Chile. Al contrario,  organismos con el rol de velar por la constitucionalidad de las leyes son parte constitutiva de la estructura institucional en democracias desarrolladas.

Por ejemplo, en España existe un tribunal de similares caracterìsticas al chileno donde el Congreso nombra a ocho de sus miembros, el Ejecutivo a dos y las Cortes a dos más. En Estados Unidos, ese rol de control constitucional es delegado a la Corte Suprema, cuyos miembros son nombrados por el Presidente, pero con aprobación del Senado. En Francia, se ocupa un mecanismo sui generis, donde además de los tres miembros nombrados por la Asamblea Nacional, tres por el Senado y los tres del Ejecutivo, se suman todos los ex presidentes que deseen asistir a las sesiones.

Segundo, respecto a su eventual rol legislativo, los críticos del Tribunal Constitucional sostienen que éste cumple fundamentalmente un rol político y actúa como una tercera cámara legislativa que, bajo la excusa de revisar la constitucionalidad de las leyes, simplemente refleja las posiciones políticas de sus miembros. En base a ese juicio, la legitimidad del Tribunal Constitucional ha sido cuestionada debido a que sus miembros no han sido elegidos democráticamente y, por ende, no deberían legislar.

Dichas críticas al rol que cumple el Tribunal Constitucional se fueron acumulando a través de los años desde el retorno de la democracia, e impulsaron en 2005 una reforma a los modos de nombramiento de sus miembros, para darle más independencia y legitimidad. Se estableció una nueva fórmula de nominación: cuatro ministros del Tribunal son nombrados por el Congreso, tres por el Presidente y tres por la Corte Suprema. Además, se estableció que los ministros permanecerían en sus cargos por nueve años sin posibilidad de ser renovados y se les aseguró su exclusividad. No obstante, pese a esas reformas, la polémica está lejos de desvanecerse.

Por lo tanto, cabe preguntarse qué evidencia existe sobre la forma en que el Tribunal Constitucional lleva a cabo su rol y qué datos son consistentes con que el tribunal actúe como una tercera cámara legislativa. Una fuente natural para buscar respuestas es el análisis de las votaciones. Eso hicimos.

La intuición que nos guía es simple: Los ministros nombrados por el Congreso y los elegidos por la Corte Suprema deberían tener patrones de votación diferentes a los observados en aquellos ministros nombrados por el Ejecutivo. En particular, ya que para ser nombrado por el Congreso un candidato al Tribunal Constitucional debe concitar amplios consensos, quienes entran por esa vía al tribunal debieran tener posiciones más moderadas que los nombrados directamente por el Poder Ejecutivo.

Lo mismo debería suceder con los ministros nombrados por la Corte Suprema respecto de los ministros nombrados por el Ejecutivo, aunque por distintas razones: los ministros nombrados por la Corte Suprema deberían adoptar posiciones con un mayor componente jurídico que político dado su origen y, por ende, en algunos casos aparecerán votando de forma similar a los de un color político conocido, pero en otros casos votando de forma similar a los del color político opuesto.

Es decir, si de alguna manera pudiéramos ubicar en una dimensión a los ministros del Tribunal Constitucional, las posturas de los ministros nombrados por el Ejecutivo deberían estar en los extremos, porque representan posiciones claramente antagónicas. Pero la de los ministros nombrados por la Corte Suprema y el Congreso deberían estar entre medio de ellos. ¿Es así?

Para responder esta pregunta lo que hicimos fue registrar todas las sentencias del tribunal desde el año 2010 al 2016 y estimar las preferencias latentes de los ministros del tribunal. Es decir, observando sus patrones de votación inferimos qué posturas ideológicas serían consistentes con esos comportamientos. Usando una técnica denominada Expected Maximization IRT (Imai, Lo y Olmsted 2016 [1]) pudimos estimar las posiciones ideológicas consistentes con sus patrones de votación.

El gráfico 1 resume el resultado. Allí ubicamos a cada ministro en un espacio unidimensional, que puede asemejarse a un eje liberal/conservador, en donde un número más pequeño representa una postura más conservadora y uno más grande una postura más liberal.

GRAFICO1

Gráfico 1: Estimación de las posiciones ideológicas promedio del Tribunal Constitucional, 2010-2016  (a mayor valor, más liberal la posición ideológica estimada)

Como puede verse en el gráfico 1, cada círculo representa la posición ideológica promedio estimada para cada uno de los actuales ministros y el color de cada punto indica el mecanismo de su nombramiento descrito en las leyendas a la derecha del gráfico. La tendencia es clara. Quienes han sido nominados por el Poder Ejecutivo son quienes ocupan las posiciones más extremas (Carmona, Brahm, Aróstica). En posiciones relativamente más centrales, están los nombrados por el Congreso (García, Romero, Pozo, Letelier); y en posiciones aún más centrales, los nombrados por la Corte Suprema (Vázquez, Hernández y Peña). El caso de Marisol Peña es interesante, ya que a pesar de tener un promedio más liberal que sus colegas nombrados por la Corte Suprema, su nivel de variabilidad (mostrado por la línea que atraviesa el punto) es muy alto. Esto sugiere que se comporta con bastante más libertad que el resto de los ministros.

¿Qué significa este resultado? Los datos sugieren que la reforma del 2005 logró el objetivo deseado de reducir el carácter político de sus miembros. Si antes la crítica era que los ministros siempre operaban como caja de resonancia de las coaliciones políticas que representaban, ahora vemos un poco más de variación y moderación, sobretodo entre quienes son elegidos por la Corte Suprema.

Sin perjuicio de eso, los datos muestran que los patrones de votación de los ministros designados por el Poder Ejecutivo y el Congreso siguen teniendo un componente ideológico. En resumen, sí hay indicios para pensar que el Tribunal Constitucional opera de forma política y no simplemente como órgano jurisdiccional, pero el peso relativo de ese componente político se habría reducido tras la reforma del 2005.

Por otro lado, la técnica de estimación permite evaluar cómo las posturas de los ministros evolucionan en el tiempo. Los datos son bien sugerentes. El gráfico 2 presenta la evolución promedio de las posiciones ideológicas estimadas para el conjunto de los actuales ministros del tribunal (línea naranja) en el período en que todos han estado presentes (recuérdese que no todos son nombrados al mismo tiempo). Junto al promedio, es importante mostrar la varianza alrededor de nuestras estimaciones, ya que es una señal de la convergencia o divergencia de los ministros en el tiempo. Por eso, el gráfico muestra dos líneas que representan una banda desde una desviación estándar sobre el promedio (línea gris) y una desviación estándar bajo el promedio (línea celeste). Mientras más cerca están las líneas gris y celeste, más convergencia vemos entre los ministros.  Recuérdese también que un valor más alto representa una postura relativamente más liberal y uno más bajo una postura relativamente más conservadora.

GRAFICO2

Gráfico 2: Evolución de las posiciones ideológicas del actual Tribunal Constitucional 2014-2016 (a mayor valor, más liberal la posición ideológica estimada)

Como muestra el gráfico 2, desde el año 2014 a la fecha existe una mayor convergencia en la posiciones de los actuales ministros hacia posturas relativamente más liberales. Ello acontece incluso entre aquellos ministros relativamente más conservadores y/o que fueron nombrados por el gobierno de Sebastián Piñera (como Juan José Romero, Iván Aróstica y María Luisa Brahm).

En tal sentido, proyectos como el del aborto en tres causales, llegan hoy ante el Tribunal Constitucional en un período donde la probabilidad que se rechace el requerimiento de inconstitucionalidad es mayor. ¿Será este giro hacia posiciones relativamente más liberales suficiente como para que el proyecto avance a la etapa de promulgación?

Incluso, si hubiese un empate a cinco votos, el voto del presidente del tribunal es el que dirime y el actual presidente es Carlos Carmona, quien en el gráfico 1 es el miembro del Tribunal Constitucional que se ubica en el extremo más liberal. Por lo tanto, las condiciones parecen dadas para que el proyecto avance ¿Será así? Muy pronto lo sabremos.

Referencias:

[1] Imai, Lo y Olmsted (2016): “Fast Estimation of Ideal Points with Massive Data”. American Political Science Review, Vol. 110, No. 4: 631-656.